Para facilitar el logro de la visión
de nación que propugna el sector empresarial es indispensable
trabajar para construir la necesaria institucionalidad, que
sea compatible con un sistema de libertades y el ejercicio de
la libre empresa y alcanzar el más alto grado posible
de gobernabilidad en democracia, como contraparte para ampliar
la confianza de los agentes, que mediante la inversión
generan riqueza y empleos. Institucionalidad y gobernabilidad
se convierten en factores determinantes para crear ventajas
competitivas como país y ganar competitividad como empresas,
factores fundamentales para potenciar las posibilidades de progreso
socioeconómico.
Por otro lado, la institucionalidad que se construya también
debe ser compatible con las demandas del nuevo orden internacional,
de modo de facilitar la inserción del país a las
cadenas de producción y de comercialización mundiales
y a los grandes mercados, que en el actual contexto internacional
se abren, especialmente, por medio de los tratados de libre
comercio y la necesidad de responder con la integración
centroamericana efectiva, para ofrecer un mercado regional que
sea atractivo a las grandes inversiones y aspiraciones comerciales
que demanda el mundo globalizado.
A. INSTITUCIONALIDAD
La sociedad moderna desarrolla sus actividades por medio de
instituciones o reglas del juego, que son en sí modelos
de relaciones humanas, de distribución y ejercicio de
posiciones, funciones y papeles, que sirven para estructurar
o formalizar relaciones concretas en la sociedad. En este contexto,
las instituciones son las reglas del juego y las organizaciones
y personas son los jugadores.
La institucionalidad puede construirse para establecer una relación
autocrática o democrática, las cuales, igualmente,
darán espacio para ganar mayores o menores niveles de
gobernabilidad. En la pugna entre la autocracia y la democracia,
el futuro de esta última dependerá en gran medida
si ella nace y evoluciona para sustentarse en el consenso y
el compromiso de las fuerzas vivas de la sociedad con los principios,
valores, conceptos y mecanismos que caracterizan la efectividad
de un régimen-sistema democrático. Por tanto,
si la institucionalidad que se desea construir para regir la
vida de la sociedad es de concepción y fundamentos democráticos,
entonces la institucionalización del régimen debe
constituir un proceso de adopción y fijación de
normas y reglas que requiere la generación de consenso,
legitimación y legalización, para su correspondiente
sustentabilidad.
La empresa privada salvadoreña reitera su posición
de trabajo a favor y en defensa inclaudicable de un régimen-sistema
democrático, cuyo marco institucional debe asegurar la
vigencia de los cinco principios fundamentales que deben sustentar
al mercado: libertad, amplitud, transparencia, profundidad y
flexibilidad. El cumplimiento y respeto de estos principios
constituye un requisito ineludible para que los jugadores crean
y tengan confianza y, así, puedan tomar las mejores decisiones
posibles, que nacen de la certidumbre institucional, esto es,
de la garantía que las reglas del juego son predecibles,
que no cambiarán arbitrariamente y que se aplicarán
en igualdad de condiciones para todas las entidades, ya sean
individuales o colectivas.
Hay estudios que muestran que los países con mayores
niveles de ingreso, inversión y tasas de crecimiento
se caracterizan por tener: (i)
instituciones gubernamentales efectivas, honestas y meritocráticas;
(ii) una regulación limitada, pero clara frente
al mercado; (iii) un sistema legal
que se aplica de manera justa y equitativa; y
(iv) una sociedad civil que junto a los medios de comunicación
desarrollan funciones de contraloría social frente a
la acción pública.
En los noventa, El Salvador impulsó importantes reformas
políticas, económicas y sociales, con satisfactorios
resultados entre 1990 y 1995. La economía creció
a una tasa promedio anual de 6.1%, se logró una sólida
estabilidad macroeconómica y la pobreza se redujo de
65.7% a 52.9%. Aunque a menor ritmo, de 1996 a la fecha, la
pobreza continuó disminuyendo y la cobertura de servicios
sociales básicos siguió aumentando.
Lamentablemente, el crecimiento se desaceleró a partir
de 1996, principalmente por factores externos, y el país
se volvió menos competitivo, generando poco a poco un
ambiente de mayor escepticismo e incertidumbre, que requiere
modificarse para no perder los logros económicos y sociales
alcanzados.
Una de las principales causas del cambio en el clima de negocios
radica en que las instituciones no continuaron cambiado con
la celeridad que se han manifestado las transformaciones en
El Salvador. Se ha tenido éxito en impulsar un proceso
de paz y democratización y en instaurar un sistema económico
de libre mercado, donde el Estado ha cedido terreno al sector
privado. Pero se ha rezagado en la difícil tarea de crear
o de hacer funcionar eficazmente las instituciones requeridas
por la nueva estrategia económica y la naciente democracia,
imponiéndose ahora la necesidad de generar un nuevo proceso
de trasformaciones.
En este nuevo proceso de reformas institucionales destacan:
la administración tributaria, la supervisión financiera
y de los sectores de electricidad y telecomunicaciones, la legislación
laboral, la calidad del servicio público, la rendición
de cuentas, la participación ciudadana, la eficacia del
poder judicial y el establecimiento de un auténtico sistema
de pesos y contrapesos. Se requiere avanzar en estas áreas
para capitalizar adecuadamente los beneficios del proceso de
liberalización y apertura comercial que ha impulsado
nuestro país. El Estado debe ser pequeño, aunque
también fuerte, con un sistema jurídico formal
que garantice la plena vigencia del Estado de Derecho, así
como con la capacidad de someter al mismo Estado a las leyes
y abstenerse de actuar arbitrariamente.
La concepción moderna nos dice que las ventajas competitivas
de las naciones no están sustentadas en la abundancia
relativa de determinado factor de producción, tampoco
en la existencia de más o menos mercado, sino en aquellas
economías con instituciones de mercado que generan incentivos
a la productividad, creatividad y eficiencia. La riqueza de
las naciones no depende tanto de la dotación de recursos,
sino de la calidad de sus propias instituciones y políticas
públicas, así como de la productividad de sus
aparatos de producción.
Si bien es fundamental la institucionalidad en el ámbito
nacional y el local, también lo es la institucionalidad
empresarial, que en armonía con el libre mercado y el
ejercicio responsable de la libertad, requiere el desarrollo
de la moralidad empresarial, relativa al negocio, su credibilidad
y el orgullo en la calidad, el cumplimiento de las obligaciones
contractuales, la sana competencia y el respeto por el medio
ambiente. Todo esto sin desmedro del ejercicio de la libertad
con responsabilidad, en cuanto a que las ganancias y las pérdidas
son privadas.
B. GOBERNABILIDAD
La gobernabilidad es una situación en las relaciones
de la sociedad que permite alcanzar mayor grado de cohesión
social, en el contexto de un determinado régimen-sistema
político, en donde (i) el
régimen político concierne al conjunto de instituciones
y normas jurídico-legales que regulan el acceso, distribución
y ejercicio del poder político; y
(ii) el sistema político se refiere al conjunto
de relaciones y prácticas de poder que existen efectivamente.
Por tanto, la gobernabilidad concierne directamente al ejercicio
del poder político y de los entendimientos y compromisos
que implica tal ejercicio, el cual transcurre dentro de un contexto
socioeconómico y político determinado y se expresa
fundamentalmente en la definición y ejecución
de decisiones públicas.
Existen dos grandes tipos de gobernabilidad: la autocrática
y la democrática. Como la sociedad salvadoreña
ha optado por un sistema de libertades, es requisito ineludible
y fundamental gobernar democráticamente y trabajar para
consolidar el régimen-sistema democrático, en
congruencia con la conformación de la economía
de mercado.
Desde la aprobación de la Constitución de El Salvador
en 1983, se inicia un período de transformaciones, que
se aceleraron en la década de los años noventa,
en un esfuerzo para construir una nueva institucionalidad acorde
con un sistema de libertades y un modelo de economía
de mercado.
En ese contexto, el mantenimiento del mayor grado posible de
gobernabilidad concierne a todos los miembros de la sociedad,
ya que todos contribuimos, de una manera u otra, a ese fin necesario
para facilitar el progreso y la relación armoniosa que
anhelamos. Son determinantes de la gobernabilidad cinco factores
principales: la capacidad de gobernar, la naturaleza y contenido
del proyecto de gobierno adoptado, la dotación efectiva
de recursos, la índole y condiciones de la sociedad que
se gobierne, y la índole y condiciones de las fuerzas
opositoras.
Dado esto, quienes ostentan el poder político deben construir
y fortalecer sistemáticamente dos grandes fundamentos,
si desean ganar y mantener un alto grado de gobernabilidad:
la aceptación de la autoridad gubernamental y la calidad,
respeto a la institucionalidad, honestidad y trasparencia de
la gestión de gobierno.
1. La aceptación de la autoridad
gubernamental
La aceptación de la autoridad gubernamental es un fundamento
de la gobernabilidad, la cual depende básicamente de:
(i) la índole y condiciones de la cohesión
de la sociedad y los principios y valores que ella tenga; (ii)
el nivel y condiciones prevalecientes de la cultura política
de la sociedad; (iii) la eficiencia
y eficacia del gobierno para encauzar y atender las demandas
del público-ciudadano; y (iv)
las condiciones socioeconómicas prevalecientes en la
sociedad.
Entre esos requisitos resalta la necesidad de tener una adecuada
cultura política, como mecanismo para ganar mayores grados
de gobernabilidad. Aquí el sector político enfrenta
un gran desafío, pues requiere una mejoría significativa
para contribuir con mayor decisión al progreso nacional.
Por esto, es necesario revisar tanto el sistema electoral como
el de partidos políticos, para darles mayor transparencia,
así como certidumbre y claridad al electorado sobre sus
opciones. Asimismo, es urgente transformar el régimen
municipal atomizado, que potencia la desarticulación
del Estado, fomenta el empleo deficiente de los recursos y limita
el desarrollo integral del país. Esto último,
no apunta a debilitar los gobiernos municipales sino a fortalecerlos
y modernizarlos, para facilitar la descentralización
y desconcentración de funciones y recursos públicos.
También destaca como factor para garantizar la gobernabilidad
la necesidad de mantener un nivel mínimo de condiciones
socioeconómicas y culturales, que nacen de la responsabilidad
subsidiaria del gobierno y las políticas públicas,
como de la acción solidaria que sustenta la función
de la empresa. En la medida que la población mejora el
nivel y calidad de vida, tiene oportunidades para continuar
progresando, vive en un pleno Estado de Derecho que garantiza
la libertad y la seguridad y se fomenta la inclusión,
se tendrá mayor gobernabilidad. Por tanto, el acatamiento
voluntario de la autoridad gubernamental presupone que las fuerzas
sociales y políticas relevantes perciban de modo positivo
o al menos tolerable el desempeño del gobierno y de la
situación socioeconómica predominante, lo cual
promueve una gran vinculación entre gobernabilidad y
percepciones.
2. Calidad, respeto a la institucionalidad,
honestidad y trasparencia de la gestión de gobierno
Como la gestión de gobierno es un hecho objetivo, su
ejercicio debe buscar continuamente la calidad, mantener un
estricto respeto a la institucionalidad y mostrar honestidad
y trasparencia en cada acto, ya que este modo de ejercer el
poder es premisa esencial de la gobernabilidad. La construcción
de este segundo fundamento de la gobernabilidad impone ciertos
requisitos, entre los que destacan: (i)
la capacidad de adoptar decisiones oportunas, adecuadas e identificables
ante problemas que requieren la intervención gubernamental;
(ii) la capacidad, honestidad, transparencia y efectividad
en el manejo de los fondos públicos; (iii)
la racionalidad del plan de gobierno y su aceptabilidad por
las fuerzas sociales y políticas relevantes;
(iv) la eficiencia y eficacia de las políticas
públicas; y (v) el nivel
y condiciones de cumplimiento de la oferta electoral.
El sector empresarial considera que es fundamental mejorar la
institucionalidad, respondiendo principalmente a: la urgente
necesidad de transformar la Corte de Cuentas en una verdadera
Contraloría, donde imperen criterios técnicos
en toda su estructura, como garantía del buen uso de
los recursos del Estado; mantener la política de racionalización
del tamaño del Estado, especialmente mediante concesiones
basadas en criterios de eficiencia y eficacia, como son los
casos de los servicios portuarios, aeroportuarios, de aduanas
y sistema vial, entre otros; y modernizar el marco normativo
que gobierna las relaciones económicas, de acuerdo a
las demandas del libre comercio y el modelo de economía
de mercado, como es el caso de las superintendencias del sistema
financiero, de pensiones, de valores y de electricidad y telecomunicaciones.
La racionalización del gasto es fundamental para la sostenibilidad
fiscal, así como el empleo más eficiente y eficaz
de los recursos es clave para lograr la mayor rentabilidad social
y económica de las políticas públicas.
En este sentido, cobra mayor fuerza la necesidad que el gobierno
tenga una política social de calidad, bien focalizada
y priorizada hacia la educación, la salud y la provisión
de los servicios básicos, especialmente hacia los más
necesitados, en la medida que ellas contribuyen a mejorar el
nivel y calidad de vida de la población y, por tanto,
a generar condiciones favorables para la gobernabilidad.
Consecuentemente, para facilitar el logro de la visión
empresarial de nación será fundamental ampliar
la gobernabilidad en democracia, en armonía con el sistema
de libertades y el libre comercio, con la aspiración
de fortalecer la democracia, estimular el progreso y mantener
el liderazgo en la integración centroamericana. Esto
requiere concentrar esfuerzos para configurar condiciones socioeconómicas
y políticas, al menos mediante los siguientes factores:
+ Estilo de gobernar basado
en el respeto pleno del Estado de Derecho y a la autoridad establecida,
alejado de prácticas anómalas para influir en
las decisiones públicas.
+ Uso de mecanismos institucionalizados
para canalizar y viabilizar las demandas de la población.
+ Existencia de un sistema
de partidos de carácter pluralista, competitivo, estabilizado
y transparente.
+ Mecanismos institucionalizados
para una adecuada participación ciudadana en los asuntos
públicos.
+ Disposición del
régimen-sistema político al disenso y la tolerancia
con las distintas posiciones políticas ante los problemas
fundamentales del país.
+ Efectividad del sistema
de reciprocidades socioeconómicas de la sociedad en general.
+ Internalización
por parte de la población de valores y patrones democráticos
de comportamiento.
De lograr esto, El Salvador estará construyendo el camino
adecuado para convertirse en un país de oportunidades,
abierto al mundo. De lo contrario, se corre el peligro que se
degrade y deteriore el nivel y condiciones de la gobernabilidad,
dando paso a la ingobernabilidad como situación problemática
que genera condiciones que dificultan la viabilidad del gobierno
para cumplir adecuadamente sus funciones, lo que también
bloquea las actividades del resto de la sociedad. De esta manera,
la ingobernabilidad se manifestará en: (i) el deterioro
de la capacidad gubernamental para cohesionar a la sociedad,
(ii) el debilitamiento del propio gobierno y, (iii) la pérdida
de capacidades para generar condiciones que favorezcan el orden,
la paz, la estabilidad y el progreso de la sociedad.
C. COMPETITIVIDAD
La libre competencia en un mundo que tiende a botar las fronteras,
para crear un gran mercado global, se transforma en una gran
amenaza para las empresas locales que no se preparen adecuadamente
para competir bajo condiciones altamente demandantes en precios,
cantidad, calidad, tiempos y grados de satisfacción que
puedan ofrecer a los demandantes. Este nuevo ambiente comercial
requiere de todo empresario comprender la urgente necesidad
de hacer competitiva a su empresa y convertir el riesgo en oportunidad,
para lo cual necesitará generar un proceso sistemático
para construir, mantener, fortalecer y aumentar su competitividad
empresarial.
Por un lado, el Estado tiene la responsabilidad de establecer
una institucionalidad acorde con la libre empresa y el libre
mercado, pues esto es un factor necesario para ganar competitividad
y convertirlo en facilitador de la actividad privada, en la
medida que contribuye a reducir los costos de producción
y comercialización, y a generar recursos humanos bien
calificados, que junto a un adecuado grado de gobernabilidad,
estimula y ayuda a configurar un proceso revolvente de inversión
privada, complementado con la inversión pública.
Por otro lado está la responsabilidad del mismo empresario,
que debe internalizar que la competitividad es primordialmente
función de la productividad de la empresa, que nace de
la simbiosis de la mano de obra y el capital, estimulada por
el conocimiento; así como de la reducción de todos
los costos de producción y la eliminación de aquellos
que no son propios de ningún proceso productivo de la
empresa.
Esta es la forma de crear la ventaja competitiva
indispensable para tener éxito en un ambiente de libre
comercio entrelazado con el mundo globalizado que vivimos. Así,
el compromiso de invertir en capital humano y en tecnología
es fundamental para tener empleos altamente productivos, lo
que abre oportunidades para ofrecer mejores remuneraciones sin
afectar la competitividad de la empresa, con mejores ganancias
para ella como mayor participación del valor agregado
social para el trabajador, la sociedad y el país. De
esta manera estaremos contribuyendo a lograr que la función
económica sea de trascendencia humana, al tener como
razón de ser, en su origen y fin, el bienestar de la
persona.
Por tanto, en la vertiginosa carrera de la competencia mundial,
se hace necesario remover los obstáculos que limitan
el desarrollo de la competitividad, como son: el reglamentarismo,
el burocratismo, el proteccionismo y el intervensionismo que
nace de alianza entre intereses políticos y sectoriales
en detrimento de toda la sociedad. Por el contrario, se deben
construir premisas que contribuyan al desarrollo de la competitividad
nacional y en el contexto de los tratados comerciales, como
son:
+ Normas y reglas modernas
y condiciones para reducir los costos de producción y
de hacer negocios y hacer expeditos los trámites.
+ Marco legal que viabilice
la inversión, la generación de empleo, la movilidad
laboral y la productividad.
+ Mantener adecuados niveles
de estabilidad macroeconómica y sociopolítica.
+ Baja inflación.
+ Sistema impositivo sencillo,
competitivo y de bajo nivel respecto a los socios comerciales.
+ Sanidad fiscal que garantice
la estabilidad macroeconómica y financiera en el tiempo.
+ Generación de recursos
humanos con adecuadas capacidades ante las demandas del rápido
progreso científico-tecnológico de la humanidad.
+ Seguridad de las personas
y del derecho de propiedad y del uso y usufructo de las utilidades
y de las remuneraciones por el trabajo.
En el contexto de la globalización predominan los enfoques
que dan prioridad al mercado y marginan la intervención
estatal en el sistema económico, en donde el libre y
amplio acceso a los mercados es esencial. Estos enfoques se
concentran en la promoción de la competitividad, las
exportaciones, la inversión privada extranjera y el Estado
pequeño pero fuerte.
En el entorno globalizado es vital la búsqueda de la
eficiencia productiva, para generar productos de apropiada calidad
y a precios competitivos. Para lograr esto se requiere conjugar
diversos componentes, entre los cuales destacan:
+ La incorporación
sistemática de apropiada tecnología en los procesos
de producción de bienes y servicios.
+ El mejoramiento sostenido
de los coeficientes técnicos de producción.
+ La calificación
sistemática de los recursos humanos.
+ La búsqueda y aprovechamiento
sistemático de oportunidades de mercado.
+ La apertura interna y
externa del país.
La apertura de un país genera mayores niveles de competencia
y presiona para elevar la eficiencia, buscando escalar posiciones
competitivas, de modernización productiva y de libertad.
Escalar posiciones competitivas facilita la obtención
de cuotas de participación en los mercados globalizados,
lo cual da espacio y potencia el escalamiento de posiciones
de modernización productiva, que depende del nivel y
condiciones tecnológicas de la producción y del
tamaño de su valor agregado. Por su parte, fortalece
y estimula el escalamiento de esas dos posiciones el grado de
libertad que logre el país, frente al resto de naciones
en el mundo.
Los factores que inciden directa e indirectamente en el nivel
y condiciones de competitividad de un país en desarrollo,
son diversos y complejos. Sin embargo, esos factores se concentran
en las siguientes veinte áreas básicas, también
reconocidas por el Foro Global, para la respectiva acción
estratégica:
1. Apertura, contracción y modernización
del Estado
2. Apertura y eficiencia del mercado interno
de bienes y servicios y su articulación al comercio mundial
3. Apertura y eficiencia del sistema financiero
y su articulación al sistema financiero mundial
4. Estabilidad macroeconómica
5. Estabilidad socio política
6. Existencia de infraestructura moderna
7. Modernización científica y tecnológica
vinculada al aparato productivo
8. Modernización de la gestión empresarial
9. Desarrollo de la capacidad de innovación empresarial
10. Integración de cadenas productivas
11. Calificación sistemática de los recursos humanos
12. Integración interna
13. Integración regional
14. Calidad y estabilidad de las instituciones o reglas del
juego
15. Calidad y estabilidad de las organizaciones gubernamentales
16. Eficiencia y eficacia de las políticas públicas
17. Calidad y estabilidad de los partidos políticos
18. Calidad y estabilidad de las fuerzas sociales y económicas
19. Mejoramiento sistemático de la calidad de vida de
la población
20. Plan de Nación, que implique una agenda común
de acción concertada y de compromisos por las fuerzas
económicas, sociales y políticas del país.
Como se observa, institucionalidad, gobernabilidad y competitividad
se entrelazan y potencian entre sí, ya que las dos primeras
proveen mayores grados de confianza y credibilidad, necesarias
para estimular la inversión, y la tercera difícilmente
tiene posibilidades de materializarse sin inversión.
Por tanto, la acumulación de capital fijo, el desarrollo
de capital humano y la rentabilidad o ganancia constituyen pilares
fundamentales del edificio de la competitividad empresarial
y sectorial, que en suma contribuyen directamente a determinar
la competitividad como país.
Lo anterior, muestra la necesidad irrenunciable que todas las
fuerzas del país sean partícipes de una estrategia
socioeconómica e institucional, para la creación
y utilización efectiva de las ventajas competitivas y
transformarlas en factores de desarrollo. Complementariamente,
el país debe explotar sus ventajas comparativas, como
son su ubicación geográfica y la condición
especial de su recurso humano. Por tanto, el reto nacional debe
orientarse y mantenerse en el sentido y dirección de
desarrollar las ventajas competitivas y aprovecharlas conjuntamente
con las ventajas comparativas que tiene El Salvador.
D. INTEGRACION CENTROAMERICANA
El proceso de configuración del nuevo orden mundial presiona
a los países que buscan el desarrollo a establecer los
necesarios fundamentos económicos, sociales, culturales,
legales y políticos, que garanticen la libertad y la
vigencia plena del Estado de Derecho, en todo orden de cosas,
para poder participar adecuadamente en la globalización.
También induce, como necesidad estratégica, la
creación de bloques regionales para facilitar la competencia
y estimular la competitividad en el contexto mundial y para
ganar nuevos mercados y ampliar las fronteras productivas.
Esto demanda esfuerzos en dos dimensiones: (i) la gestación
y consolidación de una apropiada institucionalidad y
de condiciones propicias en cada uno de los países, para
viabilizar la integración, tanto interna como externa;
y (ii) la adopción y el desarrollo de responsabilidades
e instituciones supranacionales, que se estructuren y funcionen
con efectividad.
La experiencia de integración de Centroamérica
muestra avances y retrocesos y aún no es una región
cohesionada. Cuando el sector privado ha avanzado con mayor
determinación, algunos gobiernos se han sentido amenazados
de perder cuotas de poder y han frenado los procesos de integración.
También, cuando los gobiernos han avanzado con mayor
celeridad, algunos que han visto amenazados a sus mercados se
han transformado en grupos de presión para mantenerlos
cautivos, generándose un círculo vicioso que ha
retardado el proceso efectivo de integración, el cual
sigue avanzando como necesidad histórica, ahora presionado
por los requerimientos de previsibles tratados comerciales con
los Estados Unidos y la Unión Europea.
Si bien en la última década ha habido avances
significativos, será fundamental comprender que la integración
requiere establecer verdaderamente el mercado regional con libre
movilidad de los factores productivos y no sólo sumar
pequeños mercados que en la práctica mantienen
barreras proteccionistas. Centroamérica será atractiva
para la gran inversión extranjera si se logra convertir
la región en un solo mercado conformado por cerca de
40 millones de personas y se ofrece una institucionalidad que
dé seguridad al inversionista.
Todo esto implica generar un amplio movimiento, que debe ir
más allá del proceso técnico burocrático,
al crear y desarrollar como complemento una fuerza político
empresarial dispuesta a que se estructure y funcione la integración
centroamericana, a jugar con y a mantener reglas de juego de
mercado, en un ambiente abierto, competitivo y sin discriminación.
Si se toma conciencia sobre esto y existe una gran base de apoyo
de las fuerzas políticas y sociales, se podrá
construir una institucionalidad que efectivamente mueva a los
países a formar una verdadera región económica,
con mayor participación en el concierto internacional.
Este es el desafío histórico fundamental de los
gobiernos, empresarios y trabajadores centroamericanos. Esto
implica como premisa esencial terminar de construir una nueva
institucionalidad nacional y regional, que viabilice la integración,
para facilitar el progreso de los pueblos centroamericanos y
estimular la inversión nacional y la extranjera, que
requieren cada vez mayor confianza y seguridad. Por tanto, se
debe hacer esfuerzos para establecer una agenda mínima
de largo plazo para la integración regional, que incluya:
+ Integración comercial
y modernización productiva.
+ Armonización de
políticas y legislación.
+ Modernización y
ampliación de la infraestructura con sentido regional
y un adecuado aprovechamiento energético.
+ Apertura y movilidad laboral.
+ Gestión regional
del medio ambiente.
+ Integración social
y reducción de la pobreza.
En la consecución de estas tareas nacen otros grandes
desafíos para los gobiernos, las fuerzas políticas
y el sector productivo. Los gobiernos tienen la responsabilidad
y obligación de evaluar a profundidad a las instituciones
públicas nacionales y regionales y eliminar los procesos
que estimulan el burocratismo, elevan los costos de operación
y dan espacio a la corrupción. Las fuerzas políticas
deben entrar en una firme evaluación para terminar con
las prácticas que dan espacio al favoritismo, el inmediatismo,
el clientelismo político, el oportunismo y la corrupción.
Los empresarios deben evolucionar en su enfoque y tomar conciencia
de la función social de la empresa.
Por tanto, la nueva institucionalidad debe constituir un medio
dinámico que facilite la integración interna y
externa de los países. La integración interna
de cada país demanda facilidades para conectar territorialmente
los lugares de producción con los mercados locales y
con los puertos que conducen a los mercados regionales y mundiales.
También requiere integrar socialmente a todos los habitantes
del país, lo que implica invertir masivamente en capital
humano, para reducir sistemáticamente las inequidades
que tienen marginada a una gran proporción de nuestras
sociedades, que viven en estado de pobreza. Esto se debe corregir,
de lo contrario se limitará el acceso de los beneficios
que pueda traer la integración regional. Esto constituye
uno de los mayores desafíos de los gobiernos de la región.
La integración externa se viabilizará si hay una
fuerza político empresarial dispuesta a crear, hacer
funcionar y respetar a instituciones regionales que ordenen
y guíen el proceso de integración, con voluntad
para ceder algunos grados de poder nacional en aras del progreso
de sus pueblos. Además, ante las demandas de los tratados
comerciales con los Estados Unidos y con la Unión Europea,
está el requisito ineludible de integrar mercados y de
botar las fronteras comerciales.
Dentro de este nuevo escenario, el sector empresarial salvadoreño
ve con optimismo los pasos que ya están dando los gobiernos
centroamericanos para consolidar la integración regional.
En particular, se ha valorado positivamente el Plan de
Acción que se ha propuesto hasta 2003. A juicio
del sector empresarial, de concretarse las medidas identificadas
y con plazos predeterminados para su cumplimiento darán
un renovado impulso al proceso. Es especialmente relevante la
adopción de un mecanismo centroamericano para la solución
de controversias comerciales, la armonización arancelaria
y continuar avanzando rápidamente hacia la Unión
Aduanera. En esa perspectiva, ENADE avala los compromisos adquiridos
al más alto nivel, con el anhelo que exista una firme
voluntad política de hacerlos realidad en los plazos
establecidos.
Dada la realidad presente, es de importancia estratégica
acelerar los procesos de coordinación y armonización
de políticas, principalmente las cambiarias y tributarias,
para crear un mercado único. Además, es preciso
identificar proyectos regionales de infraestructura que potencien
el proceso productivo, los cuales hoy se ven favorecidos por
las iniciativas enmarcadas en el Plan Puebla-Panamá,
tal como quedó planteado en la reunión de los
presidentes de los países del Istmo Centroamericano y
el presidente de México, en Mérida, Yucatán.
El sector empresarial salvadoreño considera que si se
avanza con determinación en la conformación de
la institucionalidad regional y en la ejecución de proyectos
regionales, los países centroamericanos darían
una clara y necesaria señal a la comunidad internacional,
sobre su decisión y voluntad política de perfeccionar
y consolidar el proceso de integración Centroamericana,
en el marco de los desafíos y oportunidades que presenta
el nuevo orden económico mundial.